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domingo, 8 de marzo de 2009

ECOS DE LA JORNADA SOBRE «La protección y defensa de la vida humana antes del nacimiento»


A continuación recogemos una reseña publicada esta mañana en La Razón:

BARCELONA- Juristes Cristians de Catalunya, pertenecientes a la Asociación Durán i Bas, junto a Metges Cristians de Catalunya, organizaron ayer una jornada denominada «La protección y defensa de la vida humana antes del nacimiento», que contó con una nutrida presencia de público y de expertos, entre ellos el vicepresidente tercero del Congreso de los Diputados, Jorge Fernández.
El presidente de la Federación Internacional de Asociaciones Médicas Católicas (Fiamc), Josep Maria Simón, fue el encargado de abrir la jornada. Con las primeras ponencias, protagonizadas por el rector de la Universitat Internacional de Catalunya (UIC), Josep Argemí, y el decano de la Facultad de Derecho de la Universidad de Navarra, Pablo Sánchez-Ostiz, ya quedó claro el principal objetivo de la jornada. Ambos ponentes, como el resto de participantes, cuestionaron la legalidad y constitucionalidad de la nueva Ley del Aborto propuesta esta misma semana por la ministra de Igualdad, Bibiana Aído. La citada normativa tiene previsto, según la ministra Aído, que las menores que tengan 16 años más puedan abortar sin el consentimiento paterno, lo que constituiría toda una novedad y también una decisión que puede provocar todo tipo de polémicas. El máster de bioética de la Universidad de Navarra y presidente de Metges Cristians, Fernando García-Faria, lamentó que «el Colegio de Médicos de Cataluña no se muestre contrario al aborto, y que sean neutrales con la eutanasia». «Los médicos tienen que respetar la vida humana, y la vida humana vencerá», recalcó. Por su parte, el profesor de Derecho Penal de la UIC, Guillermo Benlloch, lamentó que «el Gobierno apueste por este sistema de plazos para el aborto, no me parece bien que la decisión entre la franja de edad de 16 y 18 años no se tenga que contar con el permiso de los padres». La pregunta siguió flotando en el aire. ¿Es constitucional esta ley preparada por el Ministerio de Igualdad?. «Es problemático y una sentencia reciente del Tribunal Constitucional no aclara las dudas», dijo Benlloch, aunque aclaró que, según el TC, «no cabe una ley de plazos», como es la ultimada por la ministra Aído. Ley polémica La ley del Ministerio de Igualdad ya está comenzando a suscitar polémicas entre según que colectivos, y la jornada de ayer no fue la excepción. Todos los ponentes dudaron de la constitucionalidad de la normativa. En la misma línea se mostró el profesor de Antropología de la Universidad de Navarra, Juan Luis Lorda Izarra. Sin embargo, el ginecólogo Eduardo Bataller Sánchez hizo un alto en el camino y dedicó su intervención a repasar todos los pormenores de la fecundación «in vitro» y sus modalidades dentro de la ética médica. Finalmente, el catedrático de Derecho Penal de la Universitat Pompeu Fabra (UPF) y presidente de la Asociación Durán i Bas, Jesús-María Silva Sánchez, mostró sus conclusiones, que no se apartaron de las opiniones anteriormente mostradas.

jueves, 27 de noviembre de 2008

Que alguien diga algo.


Entrada de Joan Carreras en la web familia en construcción

http://familiaenconstruccion.com/articulos_ver.php?titulo_art=¡Que%20alguien%20diga%20algo!

Los tiempos han cambiado. Antes cualquiera se podía escudar en la consabida frase "que alguien haga algo" o "que alguien diga algo", porque siempre había alguien, es decir, una autoridad legítimamente consituida, que hacía o decía algo en defensa de la legalidad y del orden. Eran tiempos en los que existía una autoridad cuyo fin era la búsqueda del bien común. En lo temporal esa autoridad era el Estado. En lo espiritual, la Iglesia. Ambas iban más o menos de acuerdo en lo fundamental: en que las cosas son como son y no como nos gustaría a nosotros. Por eso, ellos, es decir, las autoridades, estaban dispuestas a decir como son las cosas y a decirlo con autoridad.

Los tiempos han cambiado. Ahora ya no existe acuerdo. Las cosas no serían "como son", sino "como queremos que sean". La realidad la construíría cada comunidad a su antojo y no deberíamos esperar en una autoridad que nos diga lo que está bien y lo que está mal porque sí. Eso sería fundamentalismo. La autoridad a lo sumo nos podría decir cuáles son los valores que están en alza, lo que se lleva, lo que está de moda, lo políticamente correcto. En teoría, debería ser la gente la que marcara el camino. Quien está en el poder no haría otra cosa que escrutar el horizonte de las opiniones generales.

En teoría, deberían coexistir bajo un mismo techo constitucional maneras diferentes de concebir la realidad. Porque en definitiva -siempre desde este nuevo punto de vista- la autoridad no tendría que decir cómo son las cosas sino tutelar las cosmovisiones de cada grupo, sin importar que sea minoritario. Por esa razón, la frase "Que alguien diga algo" no tendría sentido. Nadie te dirá lo que es justo o verdadero. O sea, que si no lo dices tú, no esperes que nadie lo diga por ti.

En la práctica, el cambio de perspectiva es demasiado radical y son pocos los que están verdaderamente dispuestos a aceptar las reglas del juego. Unos porque -con toda razón- sostienen todavía que las cosas son como son. Otros, porque piensan que las cosas son "como queremos que sean", pero siempre como queremos nosotros y ese nosotros se contrapone siempre a un vosotros ninguneado. Sustituyendo el valor referencial de la verdad por el de la ideología, siempre hay quienes pagan el pato de ese autoritarismo.

Conclusión: no esperes que alguien diga algo. Dilo tú.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Los desafíos de la comunicación en nuestras sociedades


Publicado en ForumLibertas el 19 de noviembre de 2008.

Ante el Consejo Pontificio para los Laicos, Miró i Ardèvol urge a recuperar la unidad de significado entre emisor y receptor


En nuestras sociedad, cada vez resulta más difícil hallar la unidad de significado como consecuencia de la marginación de la verdad en la cultura postmoderna, y por tanto establecer comunicación entre emisor y receptor. Así lo ha señaló el presidente de E-Cristians, Josep Miró i Ardèvol en una ponencia sobre los desafíos de la comunicación para los laicos, que pronunció el viernes 14 de noviembre en Roma, durante la XXIII Asamblea del Consejo Pontificio para los Laicos.

Por su interés, reproducimos a continuación el contenido íntegro de la ponencia:

Podría empezar y terminar diciendo que la comunicación cristiana debe servir al mismo fin al que sirve la Iglesia, desde la especificidad de su ámbito, y este no es otro que alentar la experiencia de Dios. Porque la Iglesia existe en lo substancial para dar testimonio del Dios vivo. No existe para sí misma. Por consiguiente, carece de sentido la pregunta de qué Iglesia queremos, sino que la cuestión que ilumina es qué Iglesia quiere Dios. Y la respuesta sólo podemos hallarla en Jesucristo. ¿Y qué hizo Jesucristo? El Santo Padre nos dio la respuesta preciosa en su sencillez. Jesucristo vino a traernos a Dios. La comunicación cristiana es servidora también de esta misión.

La raíz latina de comunicar, comunicare, nos dice mucho del sentido del concepto. Significa compartir algo, poner en común. Comunicar está, por consiguiente, en la raíz del cristianismo, no sólo por su origen, digamos técnico, con los géneros de la predicación, de la epístola, sino por su sentido profundo. Dios se comunica con el hombre a través de los tiempos, y siendo Dios caridad, resulta entonces que comunicación y amor son, en su sentido profundo, inseparables. Es así desde el mismo Génesis. La Revelación es la Gran Comunicación, la Buena Nueva. Por tanto, comunicar para los cristianos debería ser, antes que nada, un acto de amor, de caridad. Éste es el principal y primer fundamento del que ya habla Santo Tomás en la Summa Teológica.

Si un hombre solo, el habitante de un desierto sin vida, grita con fuerza, ¿se habrá producido un acto de comunicación? No, claro está. Si no hay vida, si el otro no existe, no se da la comunicación, aquel compartir, que necesita de la existencia del prójimo. Y el cristiano sólo puede desear de este prójimo lo que quiere para si. De ahí que comunicar ha de ser un acto que procura el bien, promueve la verdad, persigue la justicia, busca la belleza, porque esto es lo que deseamos para nosotros. Este sería un segundo fundamento. Esta debería ser la pretensión cristiana.

Christifideles Laici señala, recordando la palabra del Concilio Vaticano II, la necesidad de cooperar en comunicar la palabra de Dios (33), una necesidad que se desprende de la nueva evangelización (34), basada en la búsqueda y la adhesión a Cristo (34), y de hacerlo por todo el mundo (35), “incluidos los que no creen en Cristo”. Al actuar de esta manera, persiguiendo su propio fin salvífico, no sólo comunica al hombre la vida divina sino que también difunde el reflejo de su luz sobre el universo, sana y eleva la dignidad humana, consolida la cohesión de la sociedad y llena de profundo sentido la actividad cotidiana de los hombres”(36). Dice Christifideles Laici, utilizando palabras de la Constitución Gaudium et Spes, “Es una definición completa de cuál debe ser la tarea de la comunicación cristiana: aportar luz, promover la dignidad, y la cohesión social, ser portadores de sentido, dirigido todo ello a la consecución del bien común” (42).

Para ello necesitamos ser libres. Libres para invocar el nombre del Señor (39), dice Christifideles Laici. Serlo por el marco jurídico que nos acoge; el estado de derecho, pero también libres de dependencias económicas, y servidumbres ideológicas que nos condicionen (39).

Como todo acto humano, la comunicación posee una técnica que debe ser conocida y bien aplicada. No basta con amar la belleza para hacer una buena escultura, se necesita dominar la técnica. “Competencia profesional, con honestidad humana, espíritu cristiano, como camino de la propia santificación” (43), nos reclama Christifideles Laici. Y esa técnica y competencia exige contemplar unos conceptos elementales de la comunicación, pero no por ello menos decisivos. Los resumo.

Todo proceso de comunicación exige un emisor que se dirige a un receptor, el prójimo, mediante un canal y un código determinado. Esos son los 4 conceptos básicos que exigen atención.

Como emisor es necesario definir con claridad cómo concretamos lo que de específico debe mostrar nuestro comunicar, en el marco de los criterios generales anunciados.

¿A qué receptor nos dirigimos? Ésta es otra exigencia elemental, porque de su clara identificación depende en buena medida el canal y el código de significados que utilicemos. Para una organización universal como la Iglesia, con un centro jerárquico, el Papa, claramente establecido, esta cuestión del receptor, exige la introducción de otro concepto determinante: la mediación. El Papa, la Iglesia, habla a todo hombre y a toda mujer, pero para que llegue con la eficacia que reclamaba Juan XXIII en Pacem in Terris, es necesario que además de la literalidad del mensaje, llegue su adaptación de acuerdo con el canal, y el código, es decir el tipo de signos y reglas que nos permiten decir algo que pueda ser bien comprendido. Mediar con fidelidad es clave en el proceso de comunicación de la Iglesia.

El canal, el medio que soporta la comunicación, condiciona el código que utilicemos. Un periódico en papel no puede tener el mismo enfoque que uno digital. La pregunta básica sobre el canal es a quién dirijo mi mensaje, quién es mi receptor, y el criterio de economía que preside la relación entre uno y otro.

Pero el receptor determina además el código, porque entre yo que comunico, y vosotros que recibís, debe existir una identidad de significado, sin el que la comunicación no es posible.

Y esto nos posiciona ante los grandes retos de la comunicación cristiana de hoy, que seguramente no son demasiado distintos de la comunicación a secas en términos de cultura humana. Se trata de la dificultad para hallar la unidad de significado, como consecuencia de la marginación de la verdad en la cultura postmoderna, que considera que verdad moral, y verdad teológica no pueden ser objeto de investigación sustantiva, relegándolas así a la más estricta intimidad, negándoles todo valor cívico en la vida pública.

El relativismo religioso, pero también, cultural y moral, conducen en el campo de la comunicación a dos resultados igualmente malos. Uno es el de la incomprensión o mala interpretación del mensaje, porque la marginación de lo verdadero acaba por hacerlo incomprensible.

El otro mal resultado se da cuando se aplica la ultra simplificación hasta alcanzar la caricatura de la realidad. Ya no importa describirla, sino que parezca fácil entenderla, aunque para ello la caricatura falte a la verdad.

Por estas razones, una de las tareas titánicas de la comunicación cristiana, es decir radicalmente humana, es la recuperación de la necesidad del sentido de la verdad. Hacer sentir la necesidad de lo verdadero para vivir con sentido. Y esto significa a su vez batallar con otra confusión, que entiende que lo auténtico sólo nace del impulso más primario del deseo.

Y esta necesidad conlleva una tarea estratégica. La cuestión de la verdad viene de la mano de la pérdida del hilo conductor de las fuentes de nuestra moral y religión. El hilo de Ariadna está roto. Si no lo recuperamos nuestras sociedades, especialmente en Europa y Norteamérica, vivirán fragmentadas en grupos que resultaran extranjeros unos de otros en el propio país. Extranjeros cuando no enemigos.

De ahí la importancia de dar la batalla del proyecto cultural, que significa la capacidad de modificar los actuales marcos referenciales; esto es, las formas de pensar comúnmente aceptadas a partir de las cuales las gentes forman criterio y emiten juicios. Esta es la gran tarea a la que puede servir la comunicación cristiana. Lo es, porque parte de estos marcos referenciales eliminan la idea de Dios, dificultan el desarrollo de la Fe, filtran o impiden la llegada con pleno sentido del hecho cristiano, y también, porque están destruyendo los fundamentos objetivos sobre los que se asienta la familia, la educación y la sociedad en gran parte del mundo.

Hay lugares del mundo donde la percepción de estos problemas es máxima y la perentoriedad de la respuesta clara. En otros lugares existe conciencia de la amenaza. Y aún quedan otros países, donde los problemas básicos se mueven en ámbitos de las estrictas necesidades vitales, de las grandes injusticias sociales y carencias materiales, que sitúan las cuestiones a las que me he referido en un plano secundario y lejano. Pero incluso en estas partes del mundo, el desafío llegará, y también porque en un mundo globalizado, la ruptura humana que entraña la injusticia social manifiesta, forma parte del mismo proyecto que conduce a la ruptura antropológica, y a la ruptura cultural.

La comunicación debe contribuir a todas estas misiones en todos los niveles. Para ello la Iglesia cuenta con la fuerza determinante del Espíritu Santo que inspira una realidad evidente: la de ser la única red presencial, viva, que alcanza a todo el mundo, la única organización con unidad de mensaje que puede llegar a la persona en los lugares más recónditos de la tierra. Es una ventaja extraordinaria y difícil de igualar, porque siempre el último canal del mensaje, el más humilde, es el más poderoso, sea este el simple boca a oreja, la reunión presencial, y de una manera especial, la reunión eucarística del domingo, que debería ser el lugar privilegiado para la comunicación transformada en comunión. Es vital mejorar este ámbito tan simple de la comunicación, que a causa de su sencillez, puede ser infravalorado. Pero en él está la clave. ¡Cuántas homilías que son monumentos de comunicación viva y actuante se hacen cada domingo en el mundo y llegan a millones de personas! Pero a la vez ¿cuántas tópicas, aburridas, al margen de los desafíos concretos, se dan, desperdiciando así la oportunidad ante otros tantos millones? Que la excelencia sea el común denominador de este ámbito es una tarea muy principal.

Esta presencia viva de la Iglesia tiene ahora un extraordinario aliado en Internet. La red virtual tiende a ser más potente si es expresión de una red presencial, y a su vez, refuerza a esta. Las posibilidades que ofrece son inmensas, como lo constatan excelentes experiencias. Es el caso de la RIAL, la Red Informática de la Iglesia en América Latina, que fue una precursora. Zenit y más recientemente H2O, son ejemplos actuales bien hechos. En otro ámbito, Catholic.net, y Forumlibertas.com, entre otras muchas realidades, son otros buenos ejemplos. Podría continuar con una larga enumeración porque lo católico posee un una gran presencia en Internet, fruto de su vivacidad en el mundo.

Pero más allá de lo que ya se hace, las posibilidades siguen siendo inmensas: la transmisión de radio y sobre todo de contenidos audiovisuales por Internet, la TV a través de ella, y el acceso a la red desde la pantalla de nuestro televisor, abren nuevas perspectivas, donde el acento se sitúa, cada vez más, en la bondad del contenido, más que en la titularidad del canal. Por eso podemos ser más libres y llegar directamente a más personas en el mundo. La explotación de las redes sociales, el potencial Wiki, el campo que ofrece la nueva generación de teléfonos móviles, el descenso del coste de los ordenadores. Todo esto y otros más, son factores que deberíamos integrar en un proyecto y una estrategia común.

Ello no significa olvidar los canales más clásicos. La radio sigue siendo un medio formidable, las grabaciones en distintos soportes. Todos estos otros medios garantizan el alcance universal del mensaje.

La RIAL marcó un camino. Hoy deberíamos tener la ambición, a partir de su ejemplo, de construir un proyecto multimedia mucho más poderoso basado en la conexión entre las dos redes, la humana y presencial, con la virtual. Conectividad, interacción, centros de recursos audiovisuales y textuales, de manera que cada comunidad, cada parroquia, posea a su alcance los mejores recursos disponibles, es algo que está al alcance. Todo ello redundaría en la calidad y la inteligibilidad. Realizar un proyecto de este tipo es una cuestión sobre todo de voluntad, de organización. Esta es una gran tarea para este nuevo siglo preñado de desafíos y oportunidades.

Termino con unas palabras de Christifideles Laici “En el uso y recepción de los instrumentos de comunicación urge tanto una labor educativa del sentido crítico animado por la pasión por la verdad, como una labor de defensa de la libertad, del respeto a la dignidad personal, de la elevación de la auténtica cultura de los pueblos mediante el rechazo firme y valiente de toda forma de monopolio y manipulación” (44). A todo eso estamos llamados a servir los cristianos.